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Te sentirás limpia, te sentirás bien II

Reconforta por una parte ver que un artículo escrito hace casi tres años sigue vigente, por otra es descorazonador, especialmente si es necesario escribir una segunda parte para ampliarlo porque la bola de despropósitos no deja de crecer, con el mismo resultado siempre: el cuerpo de la mujer como arma, como rehén.

Hemos asistido en directo en los últimos años a la construcción de un personaje imaginario al que aspirar, de una mujer ideal, empoderada, satisfecha consigo misma, no esclava de ninguna moda ni opinión… que curiosamente no parece responder a nada parecido a la libertad, sino a una normativización férrea.

El modo de hablar, de relacionarse, de vestirse, de actuar en público son vistos con lupa, comentados y cualificados con la rigidez con que se haría en cualquier salón victoriano, sometiendo a las que no cumplen a un escarnio público de dimensiones planetarias.

Paradójicamente ser la mujer que una quiere ser, está a veces sometido a normas que no dictamos nosotras mismas. Normas que por otra parte, no se presentarán explícitamente como tales, sino como el paso previo a la realización plena.

 

Por fin eres libre para menstruar, hazlo exactamente así

La regla de “la mujer que todas deberíamos ser” ya no es un tabú, es una reivindicación, no conviene por tanto, tomarla en vano, tampoco dejarla ser objeto de mercantilismos, demostraremos nuestra autonomía no sometiéndonos al mercado, siendo cuidadosas con el medio ambiente, apostando por lo natural, escuchando a nuestro cuerpo que nos habla…

Toda esta retórica para decir que los tampones y las compresas, por mucho que hayan representado la liberación de la mujer y le facilitasen el acceso a la vida laboral, en este momento personifican al capitalismo apoderándose de tus ovarios.

Huye mientras puedas, no enriquezcas a una multinacional y no contamines el planeta con tu regla, eres moderna, ecológica y libre, demuéstralo haciendo exactamente lo que está marcado o serás expulsada del paraíso.

Ironías aparte, Elisabeth Bádinter, filósofa y feminista francesa, sostiene que la idea de “lo natural” como vuelta al origen y búsqueda de la esencia, supone para la mujer una trampa, un modo de retroceso en los logros conseguidos no sólo en el aspecto de las libertades personales, sino en cuanto a avances científicos que nos hacen la vida más fácil.

Resulta contraproducente, que reivindiquemos constantemente que hemos llegado hasta aquí para “hacer justicia” a nuestras madres y nuestras abuelas, a lo que sufrieron, a lo que se sometieron, y que luego con una simple vuelta de tuerca de razonamiento vacío sea tan fácil no sólo retroceder sino asumirlo con orgullo, tomándolo como lucha contra el capitalismo, reivindicación ecologista o utilizándolo como vara de medir entre nosotras. Es aberrante.

¿Qué clase de nostalgia enfermiza nos puede hacer añorar lo que no hemos vivido? ¿Qué mujer que haya tenido que enfrentarse a un mundo sin compresas ni tampones quiere volver atrás? Si lo peor que podía pasarnos en el instituto era mancharnos la ropa de sangre porque nos hacía blanco de todas las bromas, ¿a qué mente brillante se le ha ocurrido que lo mejor que pueden experimentar las adolescentes es una vuelta al pasado? ¿De dónde viene esta ansia por “microanalizar” cada movimiento? ¿a quién beneficia? ¿Por qué tenemos que estar constantemente supervisadas ya sea por curas, políticos o gurús de turno? Como si nuestro propio criterio no fuese suficiente para justificar nuestra libertad personal.

Es responsabilidad nuestra no dejar que nos manipulen, no aceptar cualquier argumento sin comprobar que es verdad, venga este de donde venga, y más aún cuando viene aparentemente a hacernos un favor, sin ningún tipo de fin comercial aparente. Cuestionar estos asuntos con la seriedad con la que hay que tomarse la propia independencia, para no ser utilizadas ni como mercancía ni como audiencia aborregada.

Y no, no es natural ceder terreno, no es natural replegarse.

Las alternativas

Aunque en esta cuestión el verdadero argumento a defender es que se debe dejar a las mujeres decidir qué método utilizar durante su ciclo menstrual y no cualificarlas en función del que elijan. Conviene puntualizar una serie de detalles con respecto a las alternativas consideradas ecológicas, principalmente porque resulta sospechoso que en el caso de elementos de higiene íntima el lenguaje recuerde más a poesía mística que a ciencia.   

Tampones versus esponjas

La razón principal para considerar los tampones peligrosos es el TSS (Síndrome del shock crónico), que se da en 17 de cada 100000 casos. Es provocado por una toxina bacteriana y se cree que es debido a usar tampones de absorción excesiva durante demasiadas horas (todas estas precauciones y avisos vienen en el prospecto)

Usado en exceso también puede provocar un resecamiento de las paredes de la vagina ya que su efecto absorbente incluye la flora que lubrica y protege ante infecciones, este efecto se nota más en los tampones hechos con fibras artificiales en lugar de algodón.

En cuanto a las esponjas marinas, se presentan como alternativa ecológica, económica y saludable, sin embargo si se analizan un poco más de cerca hay algunos elementos que siembran la duda razonable.

Aparte de ser utilizadas en la antigüedad, hace más de cincuenta años que las esponjas se utilizaban no sólo para la menstruación sino como método anticonceptivo barrera. Fue como anticonceptivo que en los años 80 están documentados casos de TSS, y por esas fechas también la universidad de Iowa sacó un estudio que desaconsejaba la venta en USA, ya que en las esponjas naturales se encontraban fácilmente arenas y bacterias lo que las hacía peligrosas para la salud pública.

Es por esto que las dos empresas principales que las comercializan, Jade&Pearl en USA y Jam Sponge en UK dan instrucciones precisas para desinfectarlas, bien con vinagre de manzana o con aceite de árbol de te e hirviéndolas unos diez minutos entre usos.

Curiosamente y pese a presentarse públicamente como una alternativa a los peligrosos tampones, si se busca en sus páginas web información sobre el TSS la información hace arquear cejas: la firma americana, a pesar de tener una tienda a pleno funcionamiento, el apartado “preguntas frecuentes” está en construcción, vaya por dios. El caso de la empresa inglesa es todavía más divertido, remite a una página web donde se explica el TSS de los tampones, y por otra parte da unas instrucciones de uso de las esponjas aún más restrictivas de las del uso de tampones: cambiarlas cada 4-6 horas máximo y por supuesto no dormir con ellas puestas, usar una compresa.

En la página de Wikipedia donde se habla acerca del cultivo de esponjas para uso menstrual, se detalla que aunque no haya documentado aún casos de TSS en esponjas higiénicas no debe descartarse la posibilidad, además de advertir que tienen una capacidad de absorción muchísimo más alta que las de los tampones, en concreto, según queda demostrado en Jam Sponge más del doble.

A esto conviene añadir, que todos los estudios de “salud” que se hacen con respecto a las esponjas, son hechos, al igual que los de los tampones, por las propias empresas, y que la mayor parte de las opiniones que salen en internet son de sites “eco, bio, natur..” a los que habitualmente les regalan los productos a cambio de que den su opinión a los usuarios.

Por una simple cuestión de cantidad de usuarias es materialmente imposible, que haya un estudio de efectos y consecuencias a medio y largo plazo, quien afirme que este método es mejor que otro no se apoya en absolutamente nada.

Me gustaría también saber si a quienes el riesgo de TSS les parece escandaloso al punto de que haya que intervenir inmediatamente para salvar a la juventud fuman, cuánto alcohol beben y como están sus niveles de colesterol e índice de grasa corporal, que cientificamente demostrado matan a personas a diario por ser un peligro real.

Por último, aunque no menos importante, ¿aceptamos como “ecológico” sacar seres vivos del océano para uso higiénico? O mejor, ¿promovemos las plantaciones masivas de organismos pluricelulares catalogados como animales por la biología y asumimos así que no herimos al planeta?

Cuando las empresas que los venden dicen que son completamente biodegradables, da la risa, pero es cierto, son tan biodegradables como una pechuga de pollo criado en una granja. Se pudre sin contaminar, el proceso que lo ha llevado a la existencia parece que no es importante analizarlo.

Pañitos, copas, sangrado libre

No consigo ver ventajas en soluciones higiénicas con las que tengo que mancharme las manos, métodos que en caso de que entres en un baño que no tenga lavabo dentro no sé cómo voy a hacer para cambiarme y no sólo eso, sino que además puedo salpicarme la ropa con relativa facilidad.

Me pregunto también cómo una mujer puede llevar una vida normal, usando un paño higiénico que no oculta el olor, sino que lo reconcentra, imaginemos una médica, una profesora, una policía o una cajera de supermercado por poner un ejemplo, y que además carguen durante el día en el bolso sus propios paños sucios o copas usadas que no han podido lavar.

¿Qué decir en cuanto al sangrado libre? Aparte de que se habla de él con lenguaje casi chamánico, y consista en básicamente estar atenta a que tu útero decida sangrar y dejarlo que lo haga.

Gracias, pero no se corresponde con mi idea de autonomía, ni de libertad.

 

No habíamos llegado aquí para esto

Para Simone de Beauvoir no se nacía mujer sino que se llegaba a serlo, ella lo decía en el sentido de la conquista de una misma, pero pareciera que hoy en día su frase se pervierte y llegar a ser una mujer fuese una carrera donde si no apruebas todas las asignaturas no te graduarás nunca.

Una escuela de señoritas contestatarias, de donde aunque parezca increible pueden expulsarte por mal comportamiento.

Próximamente: Las trapecistas no tenemos novio

Este texto, escrito en 2013 es la introducción a mi próximo libro que estará a la venta en breve, nunca sospeché que fuese la semilla para casi cien páginas de poesía:

De las mujeres de mi familia he heredado las canas prematuras y una tendencia sádica a sentarme en el borde de las sillas. Puede parecer un gesto inocente de feminidad antigua, pero aparte de sobrecargar considerablemente las lumbares y los gemelos, oculta el placer siniestro de sentirse al borde del abismo, de no permitirse nunca descansar del todo.

Mi abuela y sus hermanas pertenecen a esa generación en la cual ser limpia y servicial estaban en el máximo de las aspiraciones para una mujer de familia humilde. Vivir alerta de lo que los demás pudiesen necesitar era en cierto modo dignificarse, y ser pulcra, tanto en la casa como consigo mismas, significaba quitarse de encima la asociación perversa de pobreza y mugre.

La memoria puede estar en cualquier parte y yo guardo su sentido de alerta en la base misma de la columna vertebral, así que cuando me sorprendo a mi misma sentada como todas ellas, recuerdo que yo no tengo que servir a nadie. De modo que aunque esté incómoda mantengo la postura, porque sólo así soy consciente hasta los huesos, de que no hubiese llegado hasta aquí si no me hubiese mantenido siempre en tensión.

 

Ya a la venta en Torremozas

 

 

Sala de espera

A veces una tiene delante un personaje y le sucede como con las personas reales, que no es capaz de reconocerlo, que le suena de algo pero no sabría decir exactamente qué le ha traído a esta historia y por qué. Una especie de certeza intramuscular me dice que él está donde debe estar, y que soy yo quien no se ubica, así que vuelvo a leer otra vez lo que acabo de escribir porque la respuesta debería estar aquí mismo, en mis dedos.

No suelo entrar en pánico porque he sido adiestrada como una funcionaria diligente, y sé que sólo es cuestión de identificar al sujeto: nombre, si lo tiene, rasgo distintivo, época o recuerdo vago al que se asocia… mientras los engranajes de la historia van tomando velocidad los personajes se sientan y esperan. En un alarde de profesionalidad no suelen interactuar entre ellos hasta que no son asignado a un destino definitivo. La mayoría suelen venir armados de paciencia.

A veces, por suerte muy pocas veces, algunos pierden los nervios. Amenazan y tiran todo por el suelo, el último hoy mismo me pidió hablar con algún superior porque, según él, yo era una incompetente.

En el mismo momento en que me insultó caí exactamente en quién era, sonreí amablemente y le ofrecí tomar algo para que se calmase, le dije que todo estaba en orden que no necesitaba saber más. Se volvió a sentar mirando con superioridad al resto de los que había en la sala, el pobre es de esos que entienden el respeto como una amenaza.

Carta de amor y una pistola

G y yo nunca fuimos realmente amigas, coincidimos en el espacio-tiempo durante un año y nos llevábamos bien. G tenía la obsesión infantil de hacer ver que todos los tíos estaban locos por ella, los detalles que insistía en contar constantemente confirmaban que exageraba o mentía según el momento.

Por suerte, yo nunca he sido competitiva y me gusta escuchar guardando una distancia irónica de seguridad, así que me despertaba cierta ternura que se pavonease dándome lecciones de casi todo, era como tener a Cañita Brava de guía en un museo.

El día que nos conocimos me contó una historia completamente alucinada de un chico que había conocido en un viaje, un flechazo sin precedentes en los telefilmes del mediodía. Él vivía lejos y la distancia lo hacía todo más difícil. En este punto de la historia yo, un poco incomoda por la confesión fuera de contexto, le sugerí que le escribiese una carta y que se sincerase con él en lugar de hacerse la interesante por teléfono.

No sé si es exacto decir que la idea fue un éxito, porque fui nombrada inmediatamente redactora de la carta sin siquiera preguntarme si quería hacerlo. Claro está que, metida a la fuerza en el papel de mejor amiga por sorpresa, y por ser el primer día no supe cómo negarme.

No guardo copia de la carta, pero fue lo suficientemente buena como para que el pobre tipo, que no le cogía el teléfono desde hacía un mes, la llamase emocionado, disculpándose por haber ignorado a un ser tan sensible. Ella, según su costumbre, lo echó todo a perder en la primera conversación comportándose como una desequilibrada, lo cual no dejaba de ser parte de su encanto. Y en cuanto a mi, tomé conciencia en ese mismo momento del poder de un papel bien escrito.

Aquella carta no era para él, en realidad no era para nadie y podría haber sido para cualquiera. Fue un ejercicio de estilo en tiempo real que conmovió a una persona que no me conocía de nada. Nunca sabrá que fui yo.

La última vez que vi a G me quedé en su casa a pasar el fin de semana. Cuando llegamos de madrugada nos encontramos a su padre rodeado de latas vacías de cerveza, escuchando heavy con los cascos puestos y disparando desde la terraza a quienes pasaban semiconscientes a aquellas horas por García Barbón.

- Se cree que vive en un videojuego, pero no te asustes que la pistola es de balines - se reía de mi cruelmente, como esos niños que disfrutan partiendo lombrices con el palito de un helado.