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El manifiesto, los puntos y las íes

Hartos de vivir sometidos a ras de suelo, decidimos tomar las íes. En principio sólo sería un acto simbólico para que se dieran cuenta que no éramos simples pausas para tomar aliento, que teníamos iniciativa y merecíamos atención.

Éste era el plan: “Todos y cada uno de los puntos comprometidos con el movimiento, deberán visualizar y escoger su propia i, a la cual se subirán a la hora acordada. Sin violencia, sin armas, pero todos a la vez para evitar represalias.”

No éramos conscientes de hasta qué punto cambiarían para siempre nuestras vidas, y las de tantos que vendrían detrás, tampoco sabíamos cómo reaccionaría nuestro alrededor a esta invasión pacifica pero implacable.

Jugó a nuestro favor que las letras nunca se pongan de acuerdo en nada. Las vocales forman una especie de burguesía, las mayúsculas una casta superior, las minúsculas son obreras frustradas de serlo, que conviven sometidas a las vocales. Luego está el inframundo de las notas a pie y la letra pequeña, tan absortas en si mismas, que nunca se plantearon que la separación sólo les engordaba los egos y debilitaba sus argumentos.

El asalto tuvo un éxito tal, que cuando todas las íes estuvieron ocupadas, puntos radicales se subieron a otras letras, y en el fragor del momento levantaron el brazo derecho o el izquierdo desde lo alto por darle un aire más marcial a la protesta.

No es que lo justifique, pero es fácil sentirse líder cuando de repente te ves a ti mismo encima de un pedestal. Además no olvidemos que hasta aquel día todos los puntos fuimos esencialmente iguales, formaba parte de nuestra reivindicación salirnos de la uniformidad.

Esperamos quietos que saltase el corrector ortográfico, había unidades listas para colocarse como barreras pacíficas delante de las gomas de borrar y pequeños puntos suspensivos en las esquinas de las páginas atentos para dar la voz de alarma. Sin embargo, no sucedió nada.

Hay quien dice que nos tienen miedo y que por eso nadie viene a quitarnos de nuestro sitios, otros opinan que la protesta ha sido tan leve que nadie se ha dado cuenta y exigen acciones más radicales, en medio hay una masa indecisa que aplaude las opiniones de los dos bandos dependiendo del día.

Después de meses de reuniones clandestinas para decidir cuál será nuestro siguiente paso hemos acordadouna manifestación pública de nuestra determinación. Nos concentraremos en el final de nuestros manuscritos formando una cadena de puntos, para simbolizar nuestra unión a pesar de las diferencias, allí guardaremos un minuto de silencio por nuestros años de esclavitud, luego gritaremos todos libremente nuestra furia por ser finalmente libres, levantaremos nuestros brazos derecho e izquierdo a la vez para simbolizar que a pesar de las tendencias miramos todos hacia delante, y leeremos cada uno nuestro propio manifiesto ya aunque seamos morfológicamente iguales nuestras inquietudes, preocupaciones y necesidades precisan de atención individualizada.

Las letras se morirán de envidia, ellas nunca se ponen de acuerdo en nada.

La cara b

- No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante.

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café, como una cucaracha tonta. Los presentes la ignoramos como a cualquier loca apocalíptica, no es nada personal, únicamente que nuestro ánimo es más de sorbitos pequeños.

Pasados unos días ya no es que la miremos con indiferencia, es que sólo distinguimos una especie de borrón paquidérmico al fondo. No le damos importancia porque obviamente agradecemos no verla. Ella sigue venga y dale con la perspectiva, y nosotros a lo nuestro.

El problema llega el día que ya no distingues sobre el mármol de la mesa tu taza y tus propias manos. No dices nada, porque sólo falta ahora que esta enajenada sea una mesías, y que lo de la perspectiva sea literal.

Salimos del café cada tarde tropezando unos con otros, sonreímos como quien pide que le perdonen la vida, y vamos aprendiendo a tientas el camino a nuestras casas, memorizando el número de pasos, como los mapas antiguos de los tesoros.

Buscarán profundos significados para todo lo ocurrido, que la loca no era loca, que no soportábamos su protagonismo desde la primera línea, que la matamos injustamente... y toda esa poesía que se le coloca a los muertos.

En su última visita antes del juicio mi madre me preguntó si rezo,  ¿cómo voy a creer en dios? si el relato de nuestras vidas parece que lo escribió un demente.

A Don Camilo

Carta de amor y una pistola

G. y yo nunca fuimos realmente amigas, coincidimos en el espacio-tiempo durante un año y nos llevábamos bien. G. tenía la obsesión infantil de hacer ver que todos los tíos estaban locos por ella, los detalles que insistía en contar constantemente confirmaban que exageraba o mentía según el momento.

Por suerte, yo nunca he sido competitiva y me gusta escuchar guardando una distancia irónica de seguridad, así que me despertaba cierta ternura que se pavonease dándome lecciones de casi todo, era como tener a Cañita Brava de guía en un museo.

El día que nos conocimos me contó una historia completamente alucinada de un chico que había conocido en un viaje, un flechazo sin precedentes en los telefilmes del mediodía. Él vivía lejos y la distancia lo hacía todo más difícil. En este punto de la historia yo, un poco incomoda por la confesión fuera de contexto, le sugerí que le escribiese una carta y que se sincerase con él en lugar de hacerse la interesante por teléfono.

No sé si es exacto decir que la idea fue un éxito, porque fui nombrada inmediatamente redactora de la carta sin siquiera preguntarme si quería hacerlo. Claro está que, metida a la fuerza en el papel de mejor amiga por sorpresa, y por ser el primer día no supe cómo negarme.

No guardo copia de la carta, pero fue lo suficientemente buena como para que el pobre tipo, que no le cogía el teléfono desde hacía un mes, la llamase emocionado, disculpándose por haber ignorado a un ser tan sensible. Ella, según su costumbre, lo echó todo a perder en la primera conversación comportándose como una desequilibrada, lo cual no dejaba de ser parte de su encanto. Y en cuanto a mi, tomé conciencia en ese mismo momento del poder de un papel bien escrito.

Aquella carta no era para él, en realidad no era para nadie y podría haber sido para cualquiera. Fue un ejercicio de estilo en tiempo real que conmovió a una persona que no me conocía de nada. Nunca sabrá que fui yo.

La última vez que vi a G. me quedé en su casa a pasar el fin de semana. Cuando llegamos de madrugada nos encontramos a su padre rodeado de latas vacías de cerveza, escuchando heavy con los cascos puestos y disparando desde la terraza a quienes pasaban semiconscientes a aquellas horas por García Barbón.

- Se cree que vive en un videojuego, pero no te asustes que la pistola es de balines - se reía de mi cruelmente, como esos niños que disfrutan partiendo lombrices con el palito de un helado.