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Carta de amor y una pistola

G. y yo nunca fuimos realmente amigas, coincidimos en el espacio-tiempo durante un año y nos llevábamos bien. G. tenía la obsesión infantil de hacer ver que todos los tíos estaban locos por ella, los detalles que insistía en contar constantemente confirmaban que exageraba o mentía según el momento.

Por suerte, yo nunca he sido competitiva y me gusta escuchar guardando una distancia irónica de seguridad, así que me despertaba cierta ternura que se pavonease dándome lecciones de casi todo, era como tener a Cañita Brava de guía en un museo.

El día que nos conocimos me contó una historia completamente alucinada de un chico que había conocido en un viaje, un flechazo sin precedentes en los telefilmes del mediodía. Él vivía lejos y la distancia lo hacía todo más difícil. En este punto de la historia yo, un poco incomoda por la confesión fuera de contexto, le sugerí que le escribiese una carta y que se sincerase con él en lugar de hacerse la interesante por teléfono.

No sé si es exacto decir que la idea fue un éxito, porque fui nombrada inmediatamente redactora de la carta sin siquiera preguntarme si quería hacerlo. Claro está que, metida a la fuerza en el papel de mejor amiga por sorpresa, y por ser el primer día no supe cómo negarme.

No guardo copia de la carta, pero fue lo suficientemente buena como para que el pobre tipo, que no le cogía el teléfono desde hacía un mes, la llamase emocionado, disculpándose por haber ignorado a un ser tan sensible. Ella, según su costumbre, lo echó todo a perder en la primera conversación comportándose como una desequilibrada, lo cual no dejaba de ser parte de su encanto. Y en cuanto a mi, tomé conciencia en ese mismo momento del poder de un papel bien escrito.

Aquella carta no era para él, en realidad no era para nadie y podría haber sido para cualquiera. Fue un ejercicio de estilo en tiempo real que conmovió a una persona que no me conocía de nada. Nunca sabrá que fui yo.

La última vez que vi a G. me quedé en su casa a pasar el fin de semana. Cuando llegamos de madrugada nos encontramos a su padre rodeado de latas vacías de cerveza, escuchando heavy con los cascos puestos y disparando desde la terraza a quienes pasaban semiconscientes a aquellas horas por García Barbón.

- Se cree que vive en un videojuego, pero no te asustes que la pistola es de balines - se reía de mi cruelmente, como esos niños que disfrutan partiendo lombrices con el palito de un helado.