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escritora

Berlín. Día I

Llegué un sábado de finales de julio,

y llovía como para echar atrás a los cobardes,

un taxista me dejó en Fischerinsel,

yo era un interrogante en un paréntesis de relámpagos.

Una maleta rota,

un ordenador portátil,

Crimen y Castigo,

una foto de un viejo

y la huella de un perro muerto.

Al otro lado de la línea parecía tanto,

de este lado tan poco…

(Antes de cruzar sólo eran peso y medida,

y encima de una cama sin sábanas

los restos de mi propio naufragio)

Si entonces hubiera sabido

que estaba en la isla de los pescadores,

todo

de repente,

hubiera cobrado mucho más sentido.

La rueda del hamster